Una deconstrucción de la identidad personal.

En el contexto de la pregunta “¿Quién soy yo?” suele tratarse como un trámite introductorio, un rompehielos diseñado para categorizar a mediante etiquetas.

Se espera que respondamos con nuestro nombre, nuestro origen, nuestras aficiones y, quizás, con una confesión cursi sobre nuestros sueños. Sin embargo, si nos tomamos en serio la pregunta, esta pregunta deja de ser un trámite para convertirse en una trampa.

Es la pregunta más violenta que se le puede hacer a la psique humana, porque una respuesta honesta requiere la destrucción de todo lo que creemos seguro.

Responder con mi nombre es un error técnico; mi nombre es una convención fonética elegida por mis padres antes de conocerme. Responder con mi profesión es un error sociológico; es confundir la función con el ser. Responder con mi historia es un error neurológico; la memoria es una ficción reconstructiva.

Entonces, para responder a esta interrogante, no puedo usar la vía tradicional. No puedo decir “Soy esto”. Debo empezar a retirar, capa por capa, todo lo que no soy, para ver si al final, en el centro de la cebolla, queda algo más que el vacío. Esta es mi disección.

La Ilusión de la Materia

La primera tentación es identificarse con el cuerpo. “Soy este hombre de tal estatura, con este rostro, con estas manos”. Pero la biología es traicionera. Desde un punto de vista puramente celular, soy una colonia de organismos que mueren y nacen constantemente. Se estima que cada siete o diez años, la inmensa mayoría de mis átomos han sido reemplazados. El Pedro de hace diez años no existe físicamente; no queda casi nada de su materia original. Si mi identidad residiera en mi materia, entonces ya he muerto varias veces.

Además, considerar al cuerpo como el “Yo” es confundir al conductor con el vehículo. Mi cuerpo es la interfaz biológica necesaria para interactuar con la realidad material, una máquina de supervivencia altamente sofisticada diseñada por millones de años de evolución ciega. Sus impulsos (hambre, deseo sexual, sueño, dolor) son algoritmos de mantenimiento del hardware, no decisiones de mi voluntad. Cuando mi cuerpo enferma, cuando se cansa, cuando envejece, yo soy el testigo frustrado de esa decadencia. Si puedo observar mi cuerpo, entonces, por lógica deductiva, no soy (solo) mi cuerpo. Soy el habitante de la máquina.

El Laberinto de la Memoria

Si no soy mi cuerpo, la siguiente defensa del Ego es la memoria. “Soy mi historia. Soy lo que he vivido. Soy mis traumas, mis logros, mis viajes y mis cicatrices”. Esta es la ilusión más persistente y peligrosa. La neurociencia moderna nos ha demostrado que la memoria no es un archivo de vídeo que reproduce los hechos tal cual ocurrieron. Cada vez que “recordamos” algo, nuestro cerebro reescribe la escena, alterando detalles para que encajen con nuestro estado emocional actual y con la narrativa que nos contamos sobre nosotros mismos.

Somos narradores poco fiables de nuestra propia vida.

Nos contamos una historia editada donde somos la víctima, el héroe o el mártir, dependiendo de qué nos convenga para sobrevivir psicológicamente. Más aún: si mañana sufriera un accidente cerebrovascular y perdiera mi memoria episódica, si olvidara mi nombre y mi pasado… ¿dejaría de existir? La consciencia seguiría ahí. La sensación de “estar presente” seguiría ahí. Por lo tanto, mi historia es un accesorio. Es la ropa que visto, no la piel que habito. Definirme por mi pasado es condenarme a ser un fantasma, un eco de cosas que ya no existen. Yo no soy lo que me pasó.

La Máscara de la Persona

El Teatro de la Persona

Aquí entramos en el terreno de Carl Jung. Desde que nacemos, el sistema social, familia, escuela, religión, economía, nos exige adaptarnos para no ser expulsados de la tribu. Para lograrlo, desarrollamos lo que Jung llamó la “Persona”. La Persona es la máscara. Es el “Buen Estudiante”, el “Hijo Responsable”, el “Profesional Exitoso”, el “Rebelde”, el “Gracioso”. Es una interfaz de relaciones públicas diseñada para obtener validación y evitar el conflicto.

El gran problema de la neurosis moderna es que la mayoría de nosotros nos hemos fusionado tanto con la máscara que olvidamos que la llevamos puesta. Creemos que somos el rol que desempeñamos. Pero esa máscara es rígida, y la vida es fluida. Cuando me preguntan quién soy, la respuesta automática suele venir de la máscara. Pero esa respuesta es una mentira diseñada para complacer al interrogador. No soy mis roles sociales. No soy lo que los demás esperan de mí. Esas son funciones utilitarias. Si me quito el traje de “hijo” o “pareja”, sigo siendo. La máscara es una herramienta de navegación social, no el capitán del barco.

El Ruido de la Mente

Esta es la capa más difícil de pelar. “Pienso, luego existo”, dijo Descartes. Creemos que somos esa voz en nuestra cabeza. Ese narrador incesante que juzga, anticipa, se preocupa y comenta todo lo que sucede. Pero, hagamos un experimento básico: Cierra los ojos. Intenta no pensar en nada durante diez segundos. De repente, aparece un pensamiento intrusivo: “Tengo hambre” o “Esto es estúpido”. La pregunta clave es: Si tú eres quien está intentando concentrarse, ¿quién es el que envió ese pensamiento intrusivo?

No eres tus pensamientos. Eres el espacio donde ocurren los pensamientos.

La mente es un órgano secretor de ideas, igual que el hígado secreta bilis. La mayoría de nuestros pensamientos son automáticos, condicionados, repetitivos y ajenos a nuestra voluntad real. Son “ruido de la señal”. Identificarse con la mente es vivir en una alucinación perpetua. Tampoco soy mis emociones. La emoción (e-motion) es energía en movimiento. Una tormenta química que me atraviesa. Puedo sentir ira, pero no soy la ira. Puedo sentir tristeza, pero no soy la tristeza. Ellas son el clima; yo soy el cielo que las contiene.

La Desnudez de la Consciencia

El Testigo Silencioso

Entonces, si quito el cuerpo, la historia, la máscara social, los pensamientos y las emociones… ¿Qué queda? Llegamos al centro de la cebolla. Y en el centro, parece no haber nada. Es el vacío existencial. El abismo que tanto aterra al ser humano y que nos impulsa a llenarnos de consumo, ruido y distracciones. Pero en la filosofía, y en las tradiciones de sabiduría, este vacío no es la nada negativa. Es el Vacío Fértil.

Lo que queda es la Consciencia Pura. Queda el Testigo. El Observador. Yo soy esa presencia silenciosa que está detrás de los ojos. Soy la capacidad de darse cuenta. Soy la luz que ilumina la escena, no los objetos en la escena. Soy el sujeto último que nunca puede convertirse en objeto. No puedo “verme” a mí mismo, porque yo soy lo que ve. Como un cuchillo que no puede cortarse a sí mismo, o un ojo que no puede mirarse directamente. En este estado de desnudez, descubro que mi identidad no es una “cosa” sólida. Es un proceso. Es una potencialidad pura. Al no ser “nada” en específico (ni médico, ni paciente, ni bueno, ni malo), soy libre para ser cualquier cosa.

Sin embargo, no podemos vivir en el vacío absoluto. Tenemos que volver al mundo. Tenemos que actuar. Si no tengo una esencia predefinida, si no soy mi pasado ni mis genes, entonces estoy condenado a ser libre. “Lo importante no es lo que han hecho de nosotros, sino lo que hacemos con lo que han hecho de nosotros.”

Identidad como Verbo

Aquí nace mi verdadera identidad. Yo soy mis elecciones. No mis intenciones, no mis deseos ocultos, sino mis actos. Soy la voluntad que decide, momento a momento, cómo responder ante las circunstancias que no elegí. No elegí mi genética (Cuerpo), pero elijo cómo cuidarla o destruirla. No elegí mi traumas (Historia), pero elijo si repetirlos o sanarlos. No elegí la sociedad en la que nací (Máscara), pero elijo qué valores acepto y cuáles rechazo. No elijo los pensamientos que brotan en mi mente (Ruido), pero elijo a cuáles les doy crédito y a cuáles dejo pasar.

Así que, Si me preguntan quién soy, no puedo darles una etiqueta estática, porque eso sería mentir.

Soy un proceso dinámico de consciencia. Soy la brecha de libertad que existe entre el estímulo y la respuesta. En última instancia, no soy un sustantivo. Soy un verbo.

Estoy siendo Pedro, y en cada instante, tengo la aterradora responsabilidad de decidir qué significa eso. De parecer a Ser.

Clasificación: Arquitectura de la Mente / La Vía de la Gnosis