Es viernes por la tarde. El aire en la oficina ha adquirido una densidad casi que se puede cortar con cuchillo, una mezcla de polvo y el aire acondicionado de los minisplits que llevan horas procesando el aburrimiento. Te observas, como un espectador que ha pagado la entrada para una obra que ya se sabe de memoria y que, sin embargo, no puede dejar de mirar.
Sientes esa extrañeza que no es cansancio. Tu cabeza no está aquí. Está en ese limbo difuso donde no hay correos por responder, ni pendientes por resolver, ni cosas urgentes que atender antes del fin de semana. Los pendientes, esos parásitos administrativos que dejaste crecer durante toda la semana, ahora han cobrado vida propia. Te miran desde la pantalla con la arrogancia de quien sabe que tiene el control. ¿Cómo es posible que algo tan importante no pareciera relevante el martes, pero hoy, cuando el sol esta bajando desde su punto mas alto, se hayan vuelto urgentes?
Eres una mente que ha dejado de ser dueña de su voluntad para convertirse en esclavo de los estúpidos estímulos externos.
Eres un esclavo de la adrenalina de último minuto. Solo cuando el precipicio está lo suficientemente cerca como para sentir que te resbalas es cuando tu sistema nervioso decide activarse. Hasta entonces, prefieres hacerte pendejo. Prefieres ver la vida pasar frente a tus ojos como si fuera una película de Hollywood. Y de pronto te preguntas si eres una persona hiperconsciente viendo la vida pasar, o simplemente un grano más de arena, o que realmente formas parte de un todo, de algo más grande.
Hace días te quejabas de tu apego a la vida mundana. Te sentías sucio, impregnado de la búsqueda de lo trivial, de preocupaciones vacías. El precio del combustible, la calidad del café, la estúpida pelea de influencer en un ring, en fin, atrapado en una red social que mañana será ceniza. Es como si hubieras aceptado que tu existencia es este intercambio de información sin valor, esta acumulación de días idénticos donde el mayor riesgo es que la conexión a internet sea inestable. Hay una náusea silenciosa en la seguridad. Una claustrofobia en el confort que te hace desear, en el fondo de tu mente, que algo se rompa para siempre.
Nos invade ese sentimiento, esa sed de trascendencia que Hollywood ha capitalizado tan bien. Debería suceder algo más. Algo que nos mueva a todos, que nos saque de este trance. Un cataclismo. Una invasión alienígena que borre las fronteras y las deudas. Una catástrofe climática que nos obligue a mirar al cielo con el terror sagrado de nuestros antepasados. Queremos ser testigos del fin del mundo porque estamos hartos de ser los lambiscones del fin de semana.
Pero incluso en ese sueño apocalíptico, la duda te asalta. ¿Realmente sería yo el personaje principal?
Si los cielos se abrieran y las naves extraterrestres descendieran sobre las ciudades, lo más probable es que mi papel siga siendo el mismo. Sería el hombre gordo y sudoroso que intenta correr por la calle de atrás, el que muere en el minuto tres sin que la cámara se detenga a preguntar mi nombre. Deseamos la tragedia porque creemos que nos dará la importancia que la vida cotidiana nos niega, pero el universo no reparte protagonismos por mérito de insatisfacción.
Remake de los Romanov: La Jaula de lo Cotidiano
Para explicar esta idea en general, miremos al pasado, a los silenciosos pasillos del Palacio de Catalina en la primavera de 1917. Los Romanov, la familia imperial que había regido el destino de una sexta parte del mundo, vivían sus últimos meses de una especie de infierno en vida, algo como en una anestesia doméstica. Afuera, a solo unos kilómetros en Petrogrado (San petersburgo), la realidad se desintegraba con estruendo: la revolución. Las calles ardían, un imperio de trescientos años se hundía en el fango de la revolución y sangre.
¿Ando qué hacían los dueños de aquel imperio que se desmoronaba frente a sus propios ojos? Anotaban en sus diarios el estado del tiempo con la precisión de un meteorólogo sin empleo. Nicolás, el ex-zar de todas las Rusias, anotaba si la nieve estaba lo suficientemente blanda para barrerla, la cantidad exacta de leña que había cortado y la temperatura de su té de la tarde. Sus diarios no hablan del colapso de su imperio, sino de los brotes de sarampión de sus hijos y de cuántas páginas habían leído en voz alta de alguna novela francesa.
Sabían que el abismo los miraba de vuelta, pero eligieron sostenerle la mirada a una taza de té caliente.
Afuera de las rejas, los guardias revolucionarios escupían en los escalones, pero adentro, la familia se aferraba a la rutina como un náufrago a una tabla podrida. No era que no se enteraran de la revolución; era una hiperconsciencia de su caída tan insoportable que la única salida era el refugio en la trivialidad absoluta. Es el espejo donde te das cuenta de que tu necesidad imperiosa de limpiar la bandeja de entrada un viernes por la tarde y el derrumbe de una civilización entera siguen el mismo patrón psicológico: la de no saber qué hacer cuando el guion desaparece.
La realidad es que no eres un esclavo de tus estímulos ni un observador privilegiado. Eres solamente el síntoma de una civilización que ha sustituido el destino por el entretenimiento. Esperas el gran evento para no tener que enfrentarte a la pequeña tarea. Sueñas con el fuego purificador porque no tienes el valor de apagar la luz de tu oficina y admitir que nada de esto importa.
“La distracción es la única cosa que nos consuela de nuestras miserias, y sin embargo es la mayor de ellas.”
Blaise Pascal. Esperas un milagro que no es más que la excusa perfecta para no vivir.
Entonces te quedas ahí, sentado frente la pantalla con un excel abierto, esperando que el mundo se acabe antes de que tengas que terminar ese reporte. Pero el sol terminará de ponerse, el viernes se convertirá en sábado y tú seguirás ahí, habitando el mismo cuerpo cansado, cargando con la misma mente dispersa.
No hay punto medio. Solo hay el silencio de la tarde. Amas tus cadenas mientras rezas para que el carcelero queme la prisión.
